miércoles, 29 de diciembre de 2010

Pensamientos Navideños

5 cosas que me llamaron la anteción de la navidad en medallo:

1 La gente se guarda todos los fuegos de artificio para el año nuevo.

2 La ropa que se compran se las ponen para festejar el 24, como si no esperaran a los regalos, y le dicen "el estren", y así todos salen a mostrar sus ropitas nuevas. Muy superficial, pero están todos como niños con chiche nuevo.

3 Toda la comida de navidad de acá me dió cagadera.

4 Todas, pero todas las casas de la ciudad tienen un despliegue de luces navideñas, con una sobrecarga de colores que ya me fastidia, armando una competencia muy grasa entre todos los vecinos.

5 Aquí no existe Papa Noel, sino que festejan la llegada del Niño Dios. El niño dios (en minúsculas mejor) no es Jebus, sino que sólo le dicen el niño dios, y es él quien trae los regalos.


Demasiado espíritu navideño, pa mi gusto.

Teoría del desodorante, Semana 3

Después de varios días sin contar mi experimento, aquí estoy para contarles como sigue:

Los primeros días, como era de esperarse, tuve que soportar mi más interno olor, al que no quería llegar. Ese olor, sepultado tras capas y capas de anti-traspirante se maniftó rápidamente, como que estaba esperando salir por mis poros que cerrados estaban.
Solo fue cuestión de bañarme dos veces al día y ya. Nada grave. Sobre todo acá, que con el calor que hace, casi todos tienen sólo agua fría, como nosotros.
(Si, todos los días con agua fría, con los huevos como pasas de uvas)

Ya la segunda semana, mi olor no me molestaba, a menos que me haya tocado andar mucho en la calle y traspirar, pero ya no era el mismo olor. Ya era un olor mucho más tenue, más soportable. Ya ni siquiera lo sentía el que estaba a mi lado. Tampoco se me marcan aureolas de colores ni mucho menos. El flujo ha disminuído.

Hoy, ya con un baño por día estoy todo el día limpio, y mi olor no me molesta. De hecho, transpiro mucho menos que antes y no me siento para nada sucio.

Igual, tengo el desodorante siempre a mano, pa no pasar papelones improvistos.
Y para estar siempre lindo, obvio.

HE VOLVIDO

He volvido,
despuéz de que me cortaron el blogzpot por falta de pago, me tocó alejarme de ustedes.
Zupongo que no me habrán extrañado.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Mi teoria del desodorante


Hipótesis:
El desodorante no es necesario (o sólo a veces).

Con base en: “Cualquier químico sobre la piel ejerce cierto efecto sobre ella“ (suposición propia); quiero llegar a comprobar que el exceso de mal olor en las axilas es debido a la aplicación de este elemento.

Por lo tanto, es lógico que cuando no uses desodorante tengas olor a chivo. A chivo de carga.

Olelo bien, hasta salado es. Se huele la sal.

Entonces, si dejamos usar este olor, que es ajeno a nosotros, tendremos un olor mucho más natural, y cambiaría la composición química de nuestra transpiración.

Olelo, y fijate que los demás lo están oliendo. Ya está en el ambiente.

Ahora, supongo yo (no se si otros también) que: el olor natural de mi cuerpo es mucho mejor que mi olor a chivo que conozco. Es lo que tengo que comprobar.

O sino, este verano abrigate bien y que no salga nada. 

Seguro, me tendré que bañar más seguido.
Les voy a ir contando como va demostración a lo largo de los días.

El rexona no te abandona. Es un buen compañero para hablar en el colectivo, para que vaya al arco, pero a veces cansa.
Seamos libres del desodortante, como la estatua de la libertad que se huele el sobaco.


Saludos!



sábado, 4 de diciembre de 2010

Un cuento

Hoy no tenía ganas de escribir. Ayer me tocó trabajar en una barra hasta las 9 de la mañana y hoy no me dá la cabeza. Les dejo un cuentito que alguna vez me salió:


Un Sol mañanero

Tirado en la cama, una luz que inunda mi retina me hace despertar. Un rayo de sol penetra la cortina y me busca directamente a los parpados. Trato de esquivarlo moviendo la cabeza en otra dirección,  pero sé que no voy a poder volver a dormirme. Sólo queda el falso consuelo de dar vuelta tras vuelta en el colchón, hasta levantarme. Pienso un poco en las cosas que tengo que hacer en el día. Me da más pereza aún. Siempre cuento hasta diez, y a los diez salto de la cama. Junto fuerzas para llegar al baño con los ojos entreabiertos. A esa hora todos mis pelos van en distintas direcciones. Por suerte, el agua no sólo purifica, sino que también despabila. Ya todo el departamento tiene la luz del día. Ya no se puede dormir más.

Salgo del baño, ubicado junto al cuarto,  atravieso el comedor hasta llegar a la cocina. El silencio de mi soledad me deja escuchar una mezcla de pájaros y los autos que pasan por la calle. Propio de las ciudades, el ruido es constante en cualquier rincón.  No quiero pensar, mis primeras acciones del día no se si las hago por rutina o por instinto.

Como todas las mañanas, tomo el envase de leche fresca de la heladera vertiéndola directamente en mi boca. De usar algún vaso debería lavarlo luego, y mis pensamientos son demasiados básicos todavía, al igual que mis  movimientos. Tomando mi desayuno voy hasta el balcón en busca del mundo exterior. Ese mundo al que en instantes voy a pertenecer. Apoyado en la baranda, miro pasar los autos en silencio. Acaricio las hojas de mis plantas,  podo a las marchitas y les intercambio las primeras palabras del día. 

Todo es igual que ayer, la misma leche, el mismo balcón, las mismas plantas, pero hoy hay una más que de costumbre. Tirando las hojas muertas a la calle, mi mano siente un fuerte pinchazo, como si alguien me retara por lo que estoy haciendo.  Una de las enredaderas del vecino de arriba cae sobre mi balcón con sus espinas furiosas, enojadas.  Trato intentar hablarle, pero al tocarla solo siento que me lastima. Ni correrla puedo. La relación más arisca de mi vida, no intercambié dos palabras que ya me hace doler.  

Lógicamente, no puedo cortarla, ya que es de mi vecino. Yo me enojaría si el de al lado toca mis flores.  Vuelvo la mirada a mi cantero. Mis plantas se pondrían celosas si me detengo en esa intrusa. “¡CON ESA!” dirían las pobresitas. Vuelvo a la cocina en busca de agua, deben tener sed después de toda la noche. Pero ya me siento incómodo. Siento que esa enredadera intrusa me está observando. Y seguro que le debe estar comentando a todas sus plantas amigas de arriba lo que ve de mi casa.  Así de chusmas que son. Y las mías, con todo lo que son, no llegan ni a empujarla para que se vaya. Les tiro agua sin poder dejar de mirar que ese ser vivo asesino que entro en mi balcón no ose de querer clavarme una de sus armas.  Está decidido, voy a tirar la rama para arriba. Seguramente se enganche en alguna de las otras ramas con las espinas y se deja de molestar de una vez por todas. Pero me vuelve a pinchar. Pero esta vez, por más que me duela la voy a arrojar. La planta hace un péndulo hacia arriba, pero ahí baja. Pongo las manos para protegerme, ya que viene con furia, y me vuelve a pinchar, otra vez. No puedo hacer nada más que mirarla. Ya no la quiero tocar. Pero no puede ganarme una planta.

Después de buscar en vano, durante unos minutos, una tijera en los cajones de la cocina, decido sacarle las espinas con mis propias manos. Estoy seguro que me va a costar un par de pinchazos, pero debo sacarla de aquí. Es así que la sujeto cautelosamente con dos dedos, mientras con mi otra mano quiebro las espinas para los costados. Alejando su rama de mi cara, voy rompiendo una por una de sus puntas. ¿¡O acaso ella iba a resultar vencedora!?  Ya no va a ser la misma sin estas filosas armas del mal. Mis plantas ya no van a temerle a esta intrusa y ella sola va a querer irse. Ya tengo mis manos ensangrentadas, pero esta vez voy a ganarle. Ya no va a tener una espina más qué clavarme. Me tomo mi tiempo para sacarle todas las que están a mi alcance. Mi sonrisa denota mi satisfacción, mi victoria. Sin darme cuenta de que estoy llegando tarde,  me pongo a tratar de enredarla en la reja del balcón vecino, pero esta se suelta. Es más astuta de lo que se puede esperar de una planta. Pero así, como se ve ahora, ya es inofensiva.  Ya no va a querer seguir invadiendo mi balcón.  Me quedo observándola para asegurarme que esté lejos de mis flores. ¿Vieron chicas el trabajo que hizo papi? Ya no las va a molestar más, ni a ustedes, ni a mi. 

Entonces, es cuándo miro el reloj y me doy cuenta que debería empezar a cambiarme. Miro por última vez a mi cantero antes de salir, me doy media vuelta y quiero salir del balcón. Quiero, por que no me dejan. De repente, siento una fuerza incontrolable que me agarra del pelo y me tira para afuera. Todos mis cabellos se estiran haciendo doler mi cuero cabelludo. ¿Qué está pasando? Me toco el pelo y lo único que siento es que me vuelvo a pinchar. ¡No puede ser! Con una rama nueva me agarró con sus espinas otra vez, pero ahora no me puedo soltar y empiezo a clavármelas. 

martes, 30 de noviembre de 2010

DULCE DICIEMBRE

Hoy empieza Diciembre.

El comienzo del último mes del año predispone a las personas de una forma muy distinta a los otros meses. Será por las fiestas, será por las vacaciones o será costumbre.
Diciembre es diferente.

Acá, es invierno, pero parece primavera y sabe a verano. El clima de este mes es igual a todos los otros restantes. Llueve una o dos veces por día pero hace calor.
A veces, eso me divierte.

Hoy arrancó un nuevo día y cambió de mes, y yo sin darme por enterado que eran las doce. No sé qué hacía que no salí corriendo a festejar (creo comía una pizza). Entonces, por si algún despistado, como yo, no se había percatado de este acontecimiento tan magnífico, todo Medellín empezó a tirar fuegos de artificios.

Ante el asombro, salimos corriendo al balcón. Miramos al cielo y toda la ciudad estaba encendida. Como un año nuevo cualquiera. Luces que explotaban por todos lados, en distintos planos. Distintos planos por que la ciudad está en medio de montañas, lo que hace que algunos cohetes lleguen al cielo; y otros al infinito punto rojo. Algunos me desprestigiaban el acto hablándome de las épocas del Pablo, pero a mí no me importó. Era la primera vez que festejaba que empezó Diciembre. Con lo gracioso que suena y lo sabroso que se siente.

Supongo que se dirá:

¡Feliz Diciembre para todos!

viernes, 26 de noviembre de 2010

Comiendo Hormigas

Mientrás escribía la presentación anterior, me pasó algo muy curioso. Llegó una compañera de la comunidad de otro departamento de Colombia, y de su viaje me había traído "hormigas culonas".

Wuau!


Osea, son hormigas, que tienen un culo muy grande, fritas en aceite y sal.


Wuau!


Bueno, el caso que me las hizo probar, y la verdad que son muy ricas, por más que son insectos fritos.
Son como maní salado, y más rico aún. Pero no dejan de ser hormigas.
Y no paré de comer bichos. Es obvio que con su sabor combinan de una forma justa con una birrita fría.
Bah, casi todo combina con cerveza.
El hecho que de tanto comer estas pobres criaturas que ni mal nos hacen, me empezaron a dar pena. De hecho, muchas personas no quisieron probarlas (más allá del asco) por que las ven continuamente vivas. Hasta que cayo una luz que me guió por el sendero del hombre-mamífero y pensé: cómo me va a dar pena una hormiga mientrás hago manteca de cerdo.

Ahora, Marley me resulta un poco menos idiota.
Les dejo mis fotos comiendo hormigas.

Ahhh, y antes que me olvide. En Colombia, para navidad, la gente que puede económicamente, se compra un cerdo vivo. Con él se divierten un rato, lo corren, lo visten, lo tatuan hasta comerselo el día de noche buena. Y todos quieren comprar un chancho, por que es una forma de demostrar lo bien que te fue este año (y que todos los vecinos lo vean).


Jaja, son mambitos.





martes, 23 de noviembre de 2010

Presentación

Acá comienza un nuevo mundo.

Un submundo dentro de la internet.
Aquí ustedes van a poder pensar un rato como yo.
Ver las cosas que veo, por más importancia que tenga, cosas que me robaron la atención.

COSAS QUE ME FLASHEARON. Mis mambos.

Mambos, mambitos, mambos pequeñitos. O pequemambos.

Pequeños mambos, la piedra fundamental de los actos no premeditados. La base de la fortuna de un ganador de quiniela, la soledad de un camionero o la perdida absoluta de un suicida. Empiecen a verlos ustedes.

Por que todos los tenemos. Solo hay que distinguirlos.

Mis mambos, mi mundo...