A veces pienso que pienso demasiado.
Me siento. Me siento porque siempre es mejor pensar sentado. No sea cosa que venga una idea tan grande que me derribe. Uno lee mejor sentado también. Y piensa mejor sentado eso que lee. Es mejor pensar sentado, y es fácil de comprobar.
Ahora estoy parado; escribiendo parado.
Y sólo pienso en sentarme, para seguir pensando.
Y me vuelvo a sentar. Me siento por que es mejor pensar sentado, como dije antes. Aunque uno no puede dejar de pensar, ni estando parado. Pero sentado uno ya se olvida de su cuerpo, de esa tensión en las piernas, de ese vértigo del equilibrio. Pero uno no puede dejar de pensar, ni parado, ni sentado, ni acostado, ni caminando con las manos. Y ahora, sentado, ya no tengo tanto en qué pensar. O sí, muchas otras cosas. Tantas que no quiero detenerme en ninguna, porque quiero tener la mente en blanco, aunque sea por un instante.
Voy a dejar de escribir por un momento.
Centro mi mirada en un punto fijo. Frunzo el ceño y apunto mi entrecejo en V a donde miro. Me concentro. Abstraigo el objeto que veo, ya no me importa. Sólo me concentro en ese punto fijo, que podría ser cualquiera. Miro con fuerza, como esforzándome a tirar rayos por los ojos. Ya no existe nada más que ese punto. Y sigo mirando, en silencio. Pero pestañeo.
Pestañeo y mi objeto desaparece por un momento. Sigo mirando, quiero llegar a la mente en blanco. Pero pestañeo. Me doy cuenta que no puedo dejar de hacerlo. Me esfuerzo pero los ojos se niegan. Se secan. Yo aguanto el pestañear. Se secan, y puedo sentir el aire del ambiente. Ya estoy por ponerme a llorar. Mis párpados titilan de la necesidad. Y pestañeo nuevamente. Y me alivio.
Y ahora que pienso en pestañear, lo estoy haciendo cada vez más rápido. No puedo parar, se ve como en una discoteca. Puedo cantar y pestañear al compás. Pero basta. Y vuelvo a no pestañear, cansado de tanto hacerlo. Me cansé los párpados de pestañear. Ya no quiero hacerlo. Me había olvidado de sentir el viento en los ojos, ese ardor tan horrible. Quiero llorar y no tengo ni una emoción. Y vuelvo a pestañear. Y tengo que encontrar algo que me haga pensar en otra cosa. Nunca voy a dejar de pensar en pestañear con los ojos a punto de llorar. No puedo dejar de pestañear. Es como respirar.
Respirar. Sí, respirar.
Respirar… El suave movimiento de inhalar y exhalar, que tan molesto es cuando uno se acuerda de respirar. Ahora me cuesta seguir escribiendo, pensando en cuándo inhalo y cuándo exhalo. Escribo unas palabras entre cada movimiento, pero soy muy consciente de cuándo respiro. Y esto no puedo detenerlo como el pestañeo. Sólo respiro. Todo el tiempo respiro. ¿Por qué, si pienso en respirar, el cuerpo no lo continúa haciendo solo? Si no puedo dejar de respirar, tengo que dejar de pensar en hacerlo. Y respiro cada vez más profundo. Siento como mi pecho se infla y se desinfla con cada aire. Siento hasta un pelo de la nariz que vibra al sonido del soplido. Pero basta.
Voy a pensar nuevamente en lo que miro. Escribo cualquier otra cosa mientras dejo de pensar en respirar. ¿Qué veo? Ya no más puntos fijos. Ya no me molesta tanto pensar en pestañear. Ahora pienso cuándo inhalo y cuándo exhalo y cuándo no hago ninguna de las dos. Miro a los costados. Miro nuevamente al punto fijo, pero sigo la mirada. Me pregunto qué veo, y en todos lados donde miro veo lo mismo: Mi nariz.
Mi nariz forma parte de todas las escenas de mi vida. Está ahí, en un costadito de todas las imágenes que veo. Simplemente está ahí. Y ahora, tiene toda mi atención. No puedo sacarla de cuadro. Ya el mundo exterior está en un segundo plano. Primero mi nariz, después todo lo demás. La veo como un televisor viejo, un poco borroso, fuera de foco. Y no puedo dejar de mirarla, pero me cansa los ojos hacerlo. Los ojos o la mente de pensar en no mirarla.
Y ya no sé a qué prestarle atención. Me encuentro en silencio escuchando mi respirar, mientras mis parpadeos interrumpen la visión de mi nariz. Ya se me cansaron los ojos de ver mi nariz. Ya me duele la cabeza de tratar de esquivarla. Y por más que cierre los ojos, oigo mi respirar. Y quiero gritar. Y grito. Y grito más fuerte, hasta cansarme. Pero vuelvo a gritar, hasta secarme la garganta. Agitado empiezo a mover la lengua, y ya me estremezco de tan sólo imaginar la saliva.
Empiezo a succionar toda la saliva que sale debajo de la lengua, la acumulo en mis cachetes para tragarla de a montones, que refresque mi garganta. Y la saliva se sigue produciendo desde las papilas, sigue produciendo, y sigue produciendo. Y yo trago, de a pequeños tragos, pero continuos. A veces, dejo acumular saliva y trago todo de una. Y ya pienso cuándo debo tragar. Y cuánto debo tragar. La saliva va apareciendo, nace nomás, sin que se lo pida, y debo tragar. O babearme. Y trago, y sigo tragando. Pasa por la garganta una y otra vez, hasta llegar a la panza. Esa panza que al recibir ese líquido insulso, sin nutrientes, habla, se queja, suena. Se manifiesta.
Y por fin encontré algo que saque de mi mente todos esos pensamientos. Ya tengo hambre y no puedo pensar en otra cosa.
Me gusta, me deje sujestionar mientras lo leia, te pude imaginar, ¿Como le va?
ResponderEliminarBueno negro! volve guacho!! te extraño.
ResponderEliminarMe gustan tus cuentos descriptivos sensitivos. Las que producen saliva son las glandulas, no las papilas.
Te quiere. El Negro.
P.S. ...se viene Costa Rica 2012?