La rutina mata al amor cuando
uno le pone todo el amor a la primera.
El pintor francés Jack Vertier fue consagrado este año con el galardón más importante de su carrera.
A los 54 años de edad, el famoso artísta parisino llega a la sima con uno de los retratos más maravillosos de la historia. El cuadro, pintado al Óleo, ocupa 0,60x1 m del Ala Central de Louvre, museo ubicado en dicha ciudad, desde el pasado lunes.
El retrato fue un regalo del autor a su esposa. En él se puede ver a la señora, con su gargantilla de piedras azules (muy relucientes por cierto), un peinado de color roble, hecho con ruleros, que le llega a los hombros. Las arrugas de sus ojos son los trazos más oscuros de la obra. Su rostro parece cansado, con la actitud de quien no quiere ser fotografiado. La serenidad en sus labios remite a aquellos cuadros del siglo XVII. Una expresión capturada en su plenitud. Su cara dice que la señora ya está cansada. Vaya a saber uno si estará cansada de posar, o tendrá hambre, o la vida misma; pero definitivamente la mujer se aburrió. Y el autor, con todo el dolor de su alma, reflejó con exactitud este horrible sentimiento.
Pero lo más particular e increible de su obra, no es el retrato de esta vieja amargada, sino que, al alejarse, el artísta juega con una diferencia de planos. Es decir, cuando uno retrocede doce metros (o más), lo que se distingue es una joven de cuerpo entero posando al desnudo. Un ser bellísimo. Sus cabellos dorados se mezclan con la rama de los árboles que aparecen de fondo. Su pierna derecha tapando su vagina y sus brazos alzados hacia el cielo. El reflejo en sus labios y su sonrisa tan bonita me invitan al vicio de verla. Sus pezones rosados ofreciendose al mundo mientras todas las flores la están mirando. Y yo no puedo dejar de hacerlo.Ya ninguna otra obra existe delante de ella.
Y mientrás uno se va acercando, puede darse cuenta como los pliegues de ese cuerpo angelical se convierten en arrugas de un rostro ya olvidado. Su pelo y el árbol se pierden en una maraña de rulos artificiales. Las flores que la rodeaban solo son parte de aquel collar azul tan reluciente, mientras que sus piernas solo son la piel colgando de su quijada.
La academia lo premió por la gran mezcla de sentimientos que provoca en el especatdor, más allá de destacar la exactitud técnica.
Jack Vertier se divorció de quien era su esposa después de este retrato. El dice que el efecto no fue intencional. Confiesa que cuando hacia el retrato de su mujer estaba pensando en su amante.
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